(Desde Chile)     Un hombre chileno se acerca y le pregunta a una familia: “¿Son argentinos no? ¿Vinieron para llevarselo? La familia se quedó callada, sin entender lo que quería decir. ¿Un loco suelto en Chile, un borracho full-time?, muchas podrían ser las respuestas, pero les bastó con girar un poco la cabeza y ver la portada de cuatro  diarios para entender la broma, una broma que tenía mucho de angustia en el fondo.

                En los próximos minutos esta familia se queda pensando en esto, cuán importante habrá sido esa persona para tener una foto entera en una tapa de diario de interés general y estar en boca de todos. Ese hombre, diría Rodolfo Walsh con otras palabras, supo ser amado en una tierra que el argentino no sienta del todo bien. Supo ser un Robin Hood moderno que se opuso al poder y no aceptó ser un entrenador de acatar ordenes.

                 Lo lloran de norte a sur, le sacaron fotos ya subido al avión, sentado en la butaca partiendo a Rosario, la ciudad que parió al fenómeno Bielsa; no lo quieren dejar ir, le suplican, le dan un último adios y esperan a que sea una de esas películas de Hollywood en que la pareja se reconcilia en el aeropuerto y se queda. Pero este “heroe” para algunos y “villano” para otros no le gusta esa melaza romántica, el prefiere la accion de Bruce Willis y Harrison Ford.

    Sus colaboradores chilenos lo despidieron como al jefe de un ejército, un líder positivo que lo obligaron a abandonar las tropas. Bielsa los despidió a todos, uno por uno, una veintena de personas que le agradecieron por todo y hasta uno se animó a decir “se fue alguien que era como un padre para mí”.

        Bielsa ya es sólo un gran recuerdo en Chile, fue una luz de esperanza a un país que no ganaba en un mundial desde 1962 ni clasificaba a uno desde 1998 y le ganó por primera vez a Argentina. Desde el otro lado de la Cordillera se lo llora y cada una de las personas pide explicaciones y justicia por haberles rotos sueños futbolísticos de hincha.

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