Es común que muchos equipos hagan excursiones a Luján o armen santuarios en los vestuarios y rezen antes de salir. Y la selección argentina de fútbol no es la excepción: Diego Maradona decidió que los jugadores y el cuerpo técnico vayan a la capilla del predio de la AFA a pedir para el partido del sábado ante Brasil y el del próximo miércoles ante Paraguay.

           Si bien hacer esto no es una muestra de debilidad, sí lo es, en parte, una imagen de inseguridad. Dios no acompaña a Lionel Messi cuando gambetea y ni ayuda a que Carlos Tévez haga los goles. Si sirve como motivación o para que los jugadores se sientan más confiados bienvenidos sean las oraciones y plegarias.

           Pudo haber sido eso en Italia ´90 cuando los palos, la suerte, la mala definición del equipo brasileño y un misterioso bidón hicieron que Argentina ganara el partido 1 a 0 cuando había pateado sólo dos tiros al arco antes del gol de Claudio Caniggia.

             Pero el fútbol tiene algo de diferente a todos los deportes: “los pingos se ven en la cancha”. No existe la previa, ni el marco del estadio, ni a cuanto dioses o vírgenes reces antes de empezar un partido. Los brasileños son especialistas en orar antes, durante y después de cada encuentro pero también juegan.

              El sábado tiene que aparecer “San Messi”, la “vírgen Carlitos” y que ellos tengan que rezar para que Javier Mascherano no les coma los hígados. Y sino que Maradona llame de último momento a José San Román y el “pelado” San Martín. 

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